
“Un olor. Taboada recuerda un olor, aunque no sabe bien por qué lo recuerda ahora, en este preciso momento. (...) Así dijo Taboada, sin vueltas: ‘En mi barrio llovía menta a las siete y cuarto, siete y media, ponele, de la tarde’.
-Menta –dice el chino que està en plan de refutador de leyenda, tomando prestado el término a Dolina.
-Siete y cuarto, siete y media, a más tardar –repite Taboada.
-¿Y de dónde sale eso? –dice el chino, que, como se dijo, resta importancia a la afirmación que acaba de escuchar y recala en la posible comprobación empírica del suceso que debería hacerle Taboada de una situación que no alcanza a comprender muy bien o que, refutador al fin, imagina como miles de chicles masticados cayendo de una nube gorda y fofa medio verde, tal la patética imagen que tiene de la menta.
-Eso de la menta. ¿Qué? ¿Llovían chicles o pastillas? –dice el chino, adoptando posición canchera, el brazo colgando detrás del respaldo.
-Canchereando, la embocaste de pedo, de puro pedo –dice Taboada-. Vivía cerca de la fábrica Adams, donde se hacían los chicles. Y después de las siete, cuando se terminaba el turno de los obreros, se limpiaban, creo, las enormes ollas donde se cocinaba la masa de los chicles y por las chimeneas salían enormes nubes, bien condensadas de restos de chicles, menta que, al contacto con vaya uno a saber qué cosa de la atmósfera o el calor o el frío, no sé, producía una llovizna tenue, casi imperceptible a los ojos, pero notablemente sensible al olfato, de menta.
-¿Y vos sabías todo eso de pibe? –dice el chino, que insiste en acicatear.
-¿Me estás cargando? –reacciona Taboada- ¿Cómo iba a saber eso? De pibe, junto a todos los pibes de la cuadra, salíamos a esa hora mirando para arriba, pero no para ver, sino para oler, para hacernos un festival de olor que nos dejaba en las puertas del paraíso. Los grandes también lo sentían, pero viste cómo es uno de grande, se pone más incrédulo, busca explicaciones y le resta importancia a las cosas, ¿no?
-Y, digo, ¿no? –dice el chino ya lanzado a refutar de pleno- ¿Cuándo te diste cuenta de que era de la fábrica?
-Cuando la cerraron, Chino –dice Taboada, nostálgico al fin-. Y cuando en su lugar pusieron una sede de la facultad.
-¿Y no hubo más olor? –dice el chino, tratando de paliar su testarudez.
-Nunca más –dice Taboada-, el barrio tuvo, desde entonces, el olor a cualquier barrio. O, a lo mejor, será que los pibes de ahí crecimos.”
-Menta –dice el chino que està en plan de refutador de leyenda, tomando prestado el término a Dolina.
-Siete y cuarto, siete y media, a más tardar –repite Taboada.
-¿Y de dónde sale eso? –dice el chino, que, como se dijo, resta importancia a la afirmación que acaba de escuchar y recala en la posible comprobación empírica del suceso que debería hacerle Taboada de una situación que no alcanza a comprender muy bien o que, refutador al fin, imagina como miles de chicles masticados cayendo de una nube gorda y fofa medio verde, tal la patética imagen que tiene de la menta.
-Eso de la menta. ¿Qué? ¿Llovían chicles o pastillas? –dice el chino, adoptando posición canchera, el brazo colgando detrás del respaldo.
-Canchereando, la embocaste de pedo, de puro pedo –dice Taboada-. Vivía cerca de la fábrica Adams, donde se hacían los chicles. Y después de las siete, cuando se terminaba el turno de los obreros, se limpiaban, creo, las enormes ollas donde se cocinaba la masa de los chicles y por las chimeneas salían enormes nubes, bien condensadas de restos de chicles, menta que, al contacto con vaya uno a saber qué cosa de la atmósfera o el calor o el frío, no sé, producía una llovizna tenue, casi imperceptible a los ojos, pero notablemente sensible al olfato, de menta.
-¿Y vos sabías todo eso de pibe? –dice el chino, que insiste en acicatear.
-¿Me estás cargando? –reacciona Taboada- ¿Cómo iba a saber eso? De pibe, junto a todos los pibes de la cuadra, salíamos a esa hora mirando para arriba, pero no para ver, sino para oler, para hacernos un festival de olor que nos dejaba en las puertas del paraíso. Los grandes también lo sentían, pero viste cómo es uno de grande, se pone más incrédulo, busca explicaciones y le resta importancia a las cosas, ¿no?
-Y, digo, ¿no? –dice el chino ya lanzado a refutar de pleno- ¿Cuándo te diste cuenta de que era de la fábrica?
-Cuando la cerraron, Chino –dice Taboada, nostálgico al fin-. Y cuando en su lugar pusieron una sede de la facultad.
-¿Y no hubo más olor? –dice el chino, tratando de paliar su testarudez.
-Nunca más –dice Taboada-, el barrio tuvo, desde entonces, el olor a cualquier barrio. O, a lo mejor, será que los pibes de ahí crecimos.”
1. Russo, Miguel. Revista Asterisco, Cultura al día. Año 2, Número 77, Agosto de 2008.
1 comentario:
qué lindo
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